Enrique Cervera

Pues sí, otro blog de Comunicación

Perros

En 1980 (sí ha leído bien: 1980) representamos en el instituto público en el que estudiaba una pequeña obra de un autor argentino ya fallecido, Osvaldo Dragún, el impulsor del llamado Teatro Abierto. Lamento muy sinceramente no recordar el nombre del profesor que nos propuso la obra pero sí recuerdo el texto casi casi de memoria. Era la “Historia del hombre que se convirtió en perro”, un breve y crudo episodio que marca la vida de un desempleado que, harto de no encontrar trabajo, acepta el único que le ofrecen. Sí, lo han adivinado: un trabajo de perro, literalmente de perro, de perro guardián de la fábrica, pues no había otro trabajo que pudieran ofrecerle (ni él tomar). Comida de perro, caseta de perro, diez pesos y, eso sí, la promesa de que cuando hubiera una baja en la empresa, nuestro desdichado trabajador recuperaría un trabajo a dos patas.

No era su fuerza de trabajo lo que compraban en la empresa sino su dignidad a cambio de una miseria… y una promesa: que todo volvería a su lugar cuando dejaran de estar “de economía”, (aquí y ahora lo llamaríamos crisis). Pero la crisis no acababa…

Ha venido a mi memoria aquella obrita que representamos en el convulso tiempo de la adolescencia, y los profesores que en la escuela pública nos brindaron la oportunidad de conocerla, y con ella el compromiso y la preocupación social de tantos intelectuales y gente de la cultura por la dignidad de los que menos tienen. Y también la he recordado porque los criterios que hoy oímos en boca de sesudos analistas que pontifican sobre cómo arreglar la economía que ellos mismos llevaron a la ruina no son muy distintos a los que obligaron a nuestro desdichado protagonista a aceptar el trabajo de perro, con condiciones naturalmente caninas, porque no había otro y era imprescindible para y hasta superar la crisis.

Hace sólo unos días, un dirigente patronal dijo en público lo que muchos de apellidolargoycamisascaras (esto último prometo contárselo algún día porque es real como la vida misma) musitan en las zonas de confort a las que no llega el eco amargo de la crisis, el desempleo y las privaciones que acarrea no sólo el paro, sino los recortes brutales que apenas empiezan a asomar y que afectarán a la salud de los enfermos o la educación de los españoles del mañana, que volverá a depender de los recursos de cada uno, exactamente igual que cuando Europa terminaba en los Pirineos.

No, no se les volverá a escapar aquello de irse a Laponia, se le fue la boca al chico, pero apenas han tardado una semana en anunciar que quitarán el subsidio a quien rechace tres ofertas de trabajo que realice unas de esas ETT a las que el PP va a convertir en seguro que eficacísimas colaboradoras de los servicios públicos de empleo. Tres ofertas de trabajo, sí, y ya sabemos que eso incluirá la que obligue a quien no tenga más remedio a trabajar como un perro, aunque no sea de perro.

Ya sé que algunos, veo que demasiados (y según las encuestas aún más) pensarán que esto es lo que hay. Es posible que sea lo que hay. Por eso me voy a quedar con una frase casi póstuma del autor de nuestra obrita, rescatada de la memoria anoche, cuando mi hijo refunfuñaba por el papel de Aladino que le ha tocado en el cole. Quince días antes de morir, Osvaldo Dragún decía: “Hay que creer en lo que no existe. Hay que luchar por eso”.

No, no quieran saber cómo terminó nuestro protagonista. O mejor sí.

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