Enrique Cervera

Pues sí, otro blog de Comunicación

Argo, América sin concesiones

Cuando la First Lady estadounidense, Michelle Obama, rasgaba el sobre que contenía –en secreto, se supone— el nombre de la ganadora al Oscar a la mejor película 2013, ya no quedaba ninguna duda de que la estatuilla no podría ir a ‘La noche más oscura’ (Zero Dark Thirty), el riguroso film que recogía la operación de asalto que dio muerte a Bin Laden. Más previsible resultaba, como finalmente sucedió, que el preciado galardón fuera a manos de Ben Affleck, director y protagonista de Argo, otra película de temática política (y paramilitar casi) centrada en la rocambolesca fuga de un puñado norteamericanos que habían logrado evadir el secuestro en la embajada de EEUU en Irán.

Pero mientras la película de Katryn Bigelow narraba con cierta asepsia pero con la necesaria crudeza el recurso a la tortura como método de interrogatorio de la CIA a los detenidos islamistas, en Argo apenas hay concesión alguna a los aspectos más peliagudos de la actuación de EEUU en Irán, donde, junto a otras potencias occidentales, mantuvo en el poder durante décadas a sátrapas como el Sha, finalmente derrocado por el Ayatolah Jomeini.

Argo comienza con unas imágenes de corte histórico en las que, de pasada, se critica la actuación de Occidente en la antigua Persia, hoy Irán. Unos minutitos que, vistos en perspectiva, recuerdan a aquella máxima latina de ‘excusatio non petita…’. A partir de esas escenas, Affleck, cuyo talento como director mejora su hierática actuación en la película (el film hubiera ganado más si se queda detrás de la cámara), traza una raya donde no hay equívocos: los buenos son occidentales y los malos malísimos, iraníes.

La vesanía de los asaltantes a la Embajada de EEUU, un suceso violento que marcó el enfrentamiento entre Teherán y Washinton (y hasta hoy), se entremezcla con su sectarismo religioso, su intolerancia en materia de costumbres (sexuales, se entiende), su odio hacia todo lo occidental y, desde luego, su asombrosa estupidez, al dejarse engañar por el ardid ideado por la CIA, consistente en el rodaje de una película inexistente que permitiría (y permitió, son hechos históricos, así que no desvelo ningún final sorprendente)  huir a un puñado de norteamericanos.

En el bando bueno, huelga decirlo, un cúmulo de virtudes. Affleck se reserva el papel heroico del agente de la CIA comprometido con las víctimas más allá del deber exigido. Aquí, nada de escenas tortuosas (o directamente torturantes como en ‘Zero Dark Thirty’), todo lo contrario: una ingeniosa estratagema urdida desde un plató de Hollywood y protagonizada por dos veteranos cascarrabias (brillantísimos Alan Arkin y John Goodman, dos actorazos en su papel a lo Jack Lemmon-Walter Mathau). Ninguna duda moral: o los arrancamos del infierno chií o les arrancan las uñas. Y toda la inteligencia al servicio, cómo no, de la CIA.

Este contenido maniqueo no es incompatible con su factura técnica, su excelente ritmo narrativo, sus golpes de humor (no, de los iraníes ninguno, a ellos se les reserva el gusto por otros golpes), la logradísima ambientación en el Teherán revolucionario, la recreación angustiante del asalto a la Embajada, la tensión en las escenas del zoco abarrotado y amenazante, la violencia y el miedo condensados en detalles, la fotografía que acompaña en cada plano y la fiel caracterización de los personajes sometidos a la presión y al miedo a ser atrapados hasta el último segundo.

Una buena película, en definitiva, que hubiera merecido un relato algo más imparcial y menos entregado a la exaltación del patriotismo que, por momentos, llegaba a recordar otra americanada memorable y de ambiente iraní: No sin mi hija, peor película sin duda pero no menos maniquea.

Con todo, y esto es una opinión más que particular, la escenita final. Vale que el agente Méndez (Ben Affleck) se reconcilie con su sufrida esposa (un buen agente de la CIA además tiene que ser buen esposo y padre, es evidente). Vale la escenita de ternura silenciosa (todo lo hice por mi país, querida, parece oírse pero nadie abre los labios). Pero lo de la banderita de las barras y estrellas ondeando melancólicamente al fondo tras la puerta abierta ya es demasiado. Y es que Affleck, por lo demostrado como guionista y director de esta notable película, aún tiene que madurar y perder el miedo a no gustar a algunas cabezas bienpensantes.

Post publicado en la revista digital Cineandcine.tv

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