Enrique Cervera

Pues sí, otro blog de Comunicación

Rumbo a Grecia o rumbo a Francia

Es posible, sólo posible, que en algún paseo perdido durante este fin de semana, el coordinador general de IU en Andalucía y vicepresidente del Gobierno andaluz, Diego Valderas, haya barajado la posibilidad de que las circunstancias –ese pequeño contratiempo que sabotea las estrategias políticas— no le permitan hacer lo que persigue: sacar a Izquierda Unida del rincón de la protesta y convertirla en una fuerza de gobierno que garantice que los retrocesos del PSOE no se traduzcan, como hasta ahora, en un avance de la derecha sino en un giro hacia políticas más nítidamente progresistas. Tal vez se pregunte si le dejarán hacer: cambiar la inercia que conduce a la irrelevancia y el testimonialismo.

Hay una parte de la izquierda, que anida en IU pero cada vez más fuera de ella, que considera infinitamente más coherente instalarse en la denuncia de las contradiccionesinherentesalsistema (tengo una edad), que fajarse en amortiguar los efectos del puñetero sistema. Es un clásico más latino que marxista, Fiat iustitia et pereat mundus: mientras más se agudice y visible seas la perversidad del sistema, antes se acabará (y se verá que los puros de corazón teníamos razón). Y si por el camino mucha gente se queda sin un transplante o un colegio, se siente. Una izquierda que en parte se hace acompañar de música soviética y que despide con salvas de honor al camarada Kim Jom Il (me gustaría estar fabulando, pero no).

Hay otra izquierda, que está en el PSOE pero también fuera, que ha perdido toda referencia a los objetivos transformadores que la alumbraron, y se limita a capear el temporal, asumiendo acríticamente los dogmas del sistema tanto da que, como hace unos años, nos animen al apalancamiento financiero y al boom inmobiliario, como que ahora nos crucifiquen con el tridente de déficit-déficit-déficit, ag. Lamentablemente, es la Izquierda del 10 de mayo, fecha en la que ZP giró la nave socialista contra su base social, y me temo que la izquierda que explica que lo que pierde el PP en estos meses –y pierde fuelle a pasos agigantados— no lo gane el PSOE, posiblemente por no presentar una alternativa como la sí articuló Hollande. (Oui, on peut). Quizá para eso falte tiempo, o quizás falten ganas y determinación, ya veremos.

Como en el chiste en el que Dios ofrece su mano para salvar al náufrago, dan ganas de gritar: “¿No hay nadie más?”. Sí que hay, claro que hay: es más, estoy seguro que la mayoría de electores de izquierda –también de esa izquierda cuya fuerza se va por el sumidero del sistema electoral, como Equo y demás– están más en un terreno de nadie que en estos extremos que conducen, por activa o por pasiva, a la esterilización de la izquierda española, también andaluza. En caso de guerras –y esta crisis se parece bastante a una guerra, con sus daños inmensos, la desaparición del futuro y una enorme carga de rencor y desesperanzan–, la gente moderada, que suelen ser las de convicciones más solidas, corre el riesgo de caer atrapada entre dos lógicas tan enfrentadas como inútiles y que no hacen más que desactivar el potencial transformador que da sentido a las fuerzas de progreso.

La experiencia del Gobierno de coalición de izquierdas en Andalucía no es poca cosa y su futuro en buena medida determinará el futuro de la izquierda en España. La advertencia a los socialistas no ha podido ser más evidente (desde mayo del 2010, sus tres primeras derrotas en Andalucía, una detrás de otra). De otra parte, algunos en IU, posiblemente los mismos que han decidido que Valderas se merece un pulgar hacia abajo y empiezan a moverle la silla desde las redes sociales, deberían pensar que la famosa “acumulación de fuerzas” –que es como el viaje al centro del PP, no acaba nunca– hasta ahora ha consistido, esencialmente, en que IU recoge el voto de los cabreados del PSOE, que se vuelven al PSOE cada vez que se les pasa el cabreo. Es de temer que en un futuro, hasta ese escenario sea ya una quimera. Si fracasa el Gobierno PSOE-IU, la pulsión de las opciones populistas será aún más fuerte en toda España, seremos más Grecia que Francia. La izquierda española se merece más que eso. Y Diego Valderas y su arriesgada apuesta transformadora (pues nada resulta más difícil que transformarse a uno mismo) también. Así que mejor que lo dejen.

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El liderazgo del zig zag

Esta mañanita nos hemos levantado con un nuevo volantazo del presidente del Gobierno. Veamos la secuencia última del zigzag en el que este señor, el que iba a presidir un Gobierno-como-dios-manda: hace apenas tres semanas sostenía que los bancos españoles no necesitaban rescate alguno, que si lo sabría él y no Hollande (que se había permitido decir al llegar Chicago que el rey estaba desnudo). Zig.

Una semana después firmaba el rescate (o mandaba a Guindos a hacerlo, aunque tiene pinta de que fue viceversa) y lo presentaba no ya como un éxito incontestable (línea de crédito en condiciones extraordinariamentepositivas, como se hartó de repetir el ministro de Economía) sino también como fruto de su legendaria capacidad de presión (si lo sabrá Aguirre, mira cómo tiemblo). Zag.

Esta mañana otra vez Zig y el rescate no sólo ya no es un éxito del Gobierno sino que empuja a España a un desastre económico de imprevisibles consecuencias. Impresionante: es un conductor que cuando lleva  a base de volantazos a todo el pasaje volando de un sitio a otro del autobús, agarrándose como puede a cortinas, respaldos y apoyabrazos, gritando y suplicando, entonces va, enciende un puro, y dice, como ha hecho hoy: Señores, me parece que no vamos bien. ¿Y este es el presidente que iba a traer la confianza a España? Madredelamorhermoso.

Claro que nos dirán que el comportamiento de los mercados es imprevisible y que la situación es complejísima e inabordable. Lo es. Pero como todas las verdades a medias, ésta es una de las peores mentiras. A este Gobierno, como a todos los gobiernos del mundo, se le juzgará políticamente, es decir, por su capacidad política de hacer frente a las dificultades, por grandes que sean. Políticamente, en mayores dificultades estaba Adolfo Suárez cuando un tipo con tricornio que le odiaba personalmente le puso el nueve corto en las costillas, a cañóntocante. No arregló la situación, no podía, pero no la empeoró y además hizo algo muy importante para el futuro: dar la talla como político, demostrando sin atisbo de duda su valentía y determinación como dirigente (la misma que le permitió legalizar al PCE desafiando a la cúpula militar, a la que tenía más motivo para temer que Rajoy a Frau Merkel, créanme). El propio Suárez dijo de un rival: “Yo legalicé al PCE y éste no se hubiera atrevido a legalizar ni a las hermanitas de los pobres”.

Ciertamente, la tragedia que vive nuestro país y que ha partido el espinazo del Estado de Bienestar y, lo que es peor, la autoestima de los españoles es fruto de muchas responsabilidades. Desde luego, del anterior Gobierno (no hay un solo día que no me acuerde de la carita y los remilgos de Elena Salgado, me lo tengo que hacer mirar) y del anterior al anterior, con su brillantísima política de liberalización del suelo y el posterior boom inmobiliario que nos ha hecho boom en los morros a todos los ciudadanos. Pero a los gobiernos anteriores ya los juzgaron los españoles y a ZP, al que habían votado con todas sus fuerzas, lo echaron por la ventana.

Ahora les toca el turno a ellos y en especial al lumbrera de la Moncloa. Tendremos que juzgarle por muchas cosas que nada tienen que ver con la complejidad de la situación sino con su propia capacidad para el liderazgo, que representa un conjunto de cualidades que pueden ser evaluadas al margen de las dificultades objetivas a las que se enfrente. Es más, los grandes liderazgos históricos han surgido siempre en época de fuertes retos y dificultades (ahí está la gracia, claro). Demos sólo unas pinceladas de algunos aspectos por los que habrá que juzgar al actual presidente del Gobierno:

Por su visión estratégica (genial negarse a recibir al candidat Hollande por orden la de la Frau, ahora Sarko purga su derrota en un calabozo de la bastilla política francesa y Rajoy tiene que rogarle al francés que no ceda en su apuesta por el crecimiento. Dios mío, cómo se la está tragando).

Por su clarividencia, crucificando al Banco de España para salvar el culo a Rato, a Aguirre –que tenía las competencias en la supervisión de Cajamadrid– y a sí mismo, sin lograrlo, y además dando, ahora sí, la impresión de que las cuentas españolas tenían una supervisión tan rigurosa como la griega.

Por su arrojo y valentía, al intentar no dar nunca la cara y al final presentarse como triunfador de un duelo –el del rescate bancario—del que había salido con el rabo entre las piernas, como hoy mismo ha reconocido en México, ándele.

Por su visión y compromiso de Estado, cuando afirmaba que la prima de riesgo de España se llamaba Zapatero. Y ahora resulta que la prima es Rajoy.

Y los primos, todos nosotros.

 

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L’incertitude (‘Toquen La Marsellesa’)

Buena parte de la prensa, no sólo española, ha recibido la victoria de François Hollande como un aldabonazo que siembra la incertidumbre en Europa. Puede ser. Lo que pasa es que muchos no lo verán mal.

Verán, si uno está plácidamente en su hamaca –“esto es vida”, que diría mi hijito— y algún sobresalto le provoca inquietud, la incertidumbre sobre lo que puede estar sucediendo fuera de nuestro control (¿es el perro, son ladrones?) se convierte en una sombra, un punto oscuro que siembra el desasosiego en nuestro corazoncito. Mal rollito, vamos. Pero si uno está subiendo, engrilletado de pies y manos, por la escalera (robusta y segura, eso sí) que le conduce al patíbulo, entonces, que se abra una puerta, se oigan voces lejanas, y asome una luz al otro lado del corredor de la muerte, pues sí, siembra inquietud pero también esperanza de que el camino seguro hacia la soga de la recesión (y al retroceso civil que acarrea, traducido en forma de paro y liquidación de los avances sociales madurados durante décadas) se detenga. Esa es la incertidumbre que viene desde la Bastilla, y no es la primera como bien saben las cabezas coronadas que daban seguridad a toda Europa hasta el 14 juillet 1789. Vive l’incertitude, mais oui!

No quería hablarles Francia. La mayoría hemos desembuchado la amalgama de sentimientos colgando en las redes sociales la escena de Casablanca en la que Viktor Laszlo desafía a la seguridad nazi, y francesa, por cierto, encarnada en el cínico e inolvidable capitán Renault: “Toquen La Marsellesa”). Pero si quería compartir apenas una pinceladita sobre otro asunto: la incertidumbre y la política.

¿Cuánto aprenderemos que si la política es como la vida la incertidumbre forma parte de ella, inexorablemente, y que la certezas son casi siempre sinónimo de fracaso? De casi todas las cosas que estábamos seguros hace apenas unos meses –no digamos unos años, no digamos hace unas poquitas décadas— apenas queda nada.

Los mismos que hace apenas unos telediarios resumían su programa en un sutilísimo “primero el déficit, segundo el déficit y tercero el déficit” (“Sutilidad”: dícese de algo que desconoce Cristóbal Montoro), ahora aseguran que no ha sido Hollande quien ha puesto la cuestión del crecimiento en la agenda europea, sino Mariano Rajoy. Vaya, vaya.

Y aquí, más cerca, quienes daban por segurísima la victoria de Arenas, ahora le echan la culpa al empedrado y al propio Javier, contra el que se ha abierto la veda, así que me lo imagino repasando compulsivamente la munición y tratando de averiguar quién de los que le rodea se está preparando para un papel en el probable remake a la andaluza de Los Idus de Marzo.

En fin, hace apenas cinco meses nada parecía más seguro que un largo período de hegemonía del PP en España, tras la explosión político-nuclear que asoló al PSOE el 20-N, mientras que anoche una cámara oculta nos hubiera mostrado a un Rajoy, en la soledad de sus tupperwares, implorando a Panoramix, el Druida galo, que algún socialista lo rescate del calabozo en el que Frau Merkel  lo tiene aun estricto régimen presupuestario de pan y agua, sistema de adelgazamiento electoral que amenaza con pulverizar los récords de la Dieta ZP en 18 meses.

Oí recientemente a alguien sostener que únicamente verán el Paraíso de la Recuperación aquellos que no duden ni titubeen aplicando las política de austeridad. Y sin embargo, yo, que estuve en Berlín (y había muchas formas de estar, pero me refiero a estar físicamente en 1989, detrás de los vopos que cuidaban, también muy seguros ellos, que no cayera aquel Muro), creo que el que menos duda, antes se la pega. Al tiempo.

PD: Perdón por mi intermitencia y gracias por vuestra insistencia, pero París bien vale una misa…

 

 

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