Enrique Cervera

Pues sí, otro blog de Comunicación

Lo que la crisis te dio, la crisis te lo quitó

He recordado estos días mi corta pero nada agradable experiencia con los temblores de tierra. Yo las he vivido pocas veces, a Dios y a las capas tectónicas gracias. La vez que mejor recuerdo fue hace años en México DF junto a mi querida y admirada amiga Nino, jefa de protocolo de la Junta de Andalucía (y la mujer que con más estilo he visto pedir scotch con agua de seltz) y el desaparecido y añorado Juan Escámez. Sometidos a tal trance, así nos sucedió a nosotros, quienes lo padecen suelen quedarse quietos, agarrados a menudo a la mesa, al vaso del que iban a beber o a la silla en la que estaban sentados y generalmente atentos rumor que sigue al movimiento telúrico: una lámpara que aún se bambolea, un ficus que cimbrea, una tos tan falsa como nerviosa. Son sólo segundos, al poco todo pasa. Pero ya nada es igual y hay que salir fuera a ver qué tal ha quedado todo.

Los resultados de las elecciones andaluzas han debido llegar a los despachos de Madrid como un temblor inesperado y atemorizador. Un temblor suavito, muy del Sur, que hecho temblar los cimientos del Catálogo de Presunciones en el que se asienta (¿o mejor decir se asentaba?) la situación política española. Veamos algunas pocas, por si arrojara algo de luz.

Presunción Primera: España es azul. Nanay: Rajoy, con todo a favor, sacó el 20-N casi medio millón de votos menos que ZP (¿recuerdan?) en 2008. Eso quiere decir que su fortaleza política tenía más que ver con la debilidad del contrario que con otra cosa. Cuanto tu futuro depende de que el de enfrente siga equivocándose, estás en peligro.

Presunción Segunda: España se parece a sus medios de comunicación. Como dice mi hijo: ni de co. El mapa mediático español es el que es y hay que respetarlo, igual que la línea editorial de cada cual, pero quien se crea la ecuación opinión pública-opinión publicada= 0, yerra de medio a medio, pues la ausencia (con contadísimas excepciones) de medios que ven la política y la vida desde una perspectiva de centro izquierda distorsiona el panorama. Aunque es natural que nadie lo reconozca, este panorama tiene mucho que ver (no digo todo) con los “errores” en las encuestas, muchas veces más destinadas no a reflejar sino a condicionar a la opinión pública (no, no creo en los gnomos).

Presunción Tercera: el electorado del PSOE es mucho más crítico que el del PP. Sólo hasta cierto punto: es posible que el núcleo duro e inamovible del electorado conservador (el llamado suelo) sea más amplio que el del PSOE, pero esa fidelidad de voto se diluye entre los electores que no siempre votan PP y prefieren oscilar según vaya la cosa. El PP ganó muchos votos el 20-N culpando de todos los males a ZP y anunciando que con un Gobiernocomodiosmanda todo mejoraría. Tal vez funcionara ante un electorado espantado por los cinco millones de parados, pero es un argumento demasiado tosco como para que no se volviera en contra a las primeras de cambio. Es lo que ha sucedido: lo que la crisis te dio, la crisis te lo quitó.

Presunción Cuarta: el electorado apoya los recortes. Desconozco la regla de tres política que ha hecho olvidar al PP el hecho de que ZP sería malo malísimo para España, pero no comenzó a perder la confianza de los españoles hasta que se lanzó, con la fe de los conversos, a defender y a ejecutar la política de recortes impuesta por Merkel. Rajoy es presidente no porque sea un magnífico candidato (de ser así, se sabría, y en todo caso habría ganado en 2004 o 2008) sino porque ZP giró su Gobierno (y a su partido) contra su base social e hizo encallar la nave. ¿De dónde han sacado la idea de que el electorado iba a aplaudirle a Rajoy lo que le reprochó a Zapatero? Aun así, Arenas se dedicó a pasear a Fátima Báñez y a Cristóbal Montoro como grandes referentes. Entiendo que los hiciera salir al balcón de la calle San Fernando, qué menos en reconocimiento a su aportación al histórico triunfo (de unas décimas cuando se escrute el voto exterior, al tiempo).

Presunción Quinta: el electorado andaluz por fin se ha dado cuenta de que durante 30 años el PSOE les ha estado timando. Es el ‘adiós al Régimen’ (y dale). Naturalmente que en un partido que gobierna durante 30 años se desarrollan determinadas prácticas clientelares, salpicadas, como en el caso de los Ere, de repulsivos casos de corrupción. Pero en uno que gobierna 20 (como el PP en la Comunidad de Madrid o Valencia), también. Lo que sucede es que los electores suelen hacer un juicio más ponderado, valoran muchos más honestamente cómo les han ido las cosas (especialmente en su día a día: las relaciones con la Administración, la salud, la educación, las infraestructuras) y rechazan generalmente el maniqueísmo en el que caen los partidos. Y si malo es caer en este maniqueísmo discursivo, peor es interiorizarlo y creérselo.

Presunción Sexta: Andalucía es lo que Madrid cree que es. Anda ya. El insultómetro de estos dos días revela, por si hiciera falta, la verdadera concepción de Andalucía que anida en buena parte de la derecha española (y lamentablemente andaluza). No nos engañemos: si no pensaran así , no estaríamos asistiendo a este bochorno de descalificaciones y de mala educación (ahí tendría tajada el Ministro Wert, dónde andará, se le echa de menos). Tampoco sucedería así si imaginaran el daño que esa actitud históricamente ha hecho al PP de Andalucía, al que buena parte del electorado andaluz, con razón o sin ella pero sin que el PP haga nada por evitarlo, identifica con esa caverna mediática.

Ah, y luego vienen las réplicas.

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Escuela de Portavoces (o el Efecto Laponia)

Quienes nos hemos dedicado al oficio de intentar atrapar en una frase o incluso en una sola palabra un concepto complejo, que además resulte sonoro y que la gente tienda a repetir y propagar (ahora lo llaman viralidad) sabemos de la dificultad de este empeño, que en no pocas ocasiones alumbra una pamplina (véase la retahíla, parece que interminable, de González Pons, por poner un ejemplo preclaro, aunque no único). Tan complicado es, que hay quien, con notoria sagacidad, ha tirado por el camino de en medio y en vez de buscar una frase o palabra emblemática, considera que una pequeña y sencilla historia puede cumplir mejor esa tarea (se llama storytelling y hay quien se hace rico con eso, abundando también la chorrada, la verdad).

Por eso no deja de llamar la atención la capacidad de algunos para saltar la barrera mediática y demostrar sus dotes comunicativas. Por ejemplo , el responsable de Economía y Política Financiera de la CEOE, José Luis Feito, y el Jefe Superior de Policía de Valencia, Antonio Moreno, dos personas que, justo es reconocerlo, han triunfado en lo suyo, pues de lo contrario el primero estaría de contable en una empresa con problemas y el segundo en la inspección de Guardia de la comisaría de Dancharinea. Ambos, además, han demostrado ser, permítaseme el símil futbolístico, dos espléndidos rematadores, con golazos es verdad que en propia puerta, detalle éste en que sólo repararán los envidiosos.

Por supuesto que las declaraciones de ambos merecen análisis de más enjundia. Por ejemplo, lo que podríamos llamar el “Efecto Laponia” resume en dos palabras la avanzada y sutil concepción de las relaciones laborales que alberga parte de nuestra patronal, escuela, por cierto, de la que salió en su día el muy sonriente ministro Montoro. De Antonio Moreno, en fin, hemos sabido con una sola palabra (“el enemigo”) cuál es su concepción del orden público democrático y su manera de entender y gestionar lo que en el peor de los casos es una simple colisión de derechos (el de circular y el de manifestarse), que no suele resolverse arrastrando de los pelos a jovencitas o empujándolas de dos en dos contra vehículos en marcha. Penoso.

Pero quisiera aprovechar la ocasión para poner de relieve el indudable peligro que tiene poner (o dejar que salte al ruedo, cual maletilla embravecido) de portavoz a quien no reúne las más elementales características para ello. Peligro y coste en términos de opinión pública, que es tanto como hablar de pérdida de prestigio, influencia y capacidad de persuasión. En este caso, a la patronal y al Gobierno.

A la CEOE porque con el Efecto Laponia se le ha visto el pelo de la dehesa, que es lo mismo que decir que tras su discurso por la eficiencia económica y por la creación de empleo, se esconde una brutal insensibilidad social: o tragas o a Laponia. Una imagen terrorífica también para el Gobierno del PP, al que no hace falta estar muy listo (ejem) para asociarlo a quienes tanto le aplauden.

Y en el caso del Jefe Superior de Policía de Valencia lo que ha aflorado es su tosquedad policial, propia de quien está acostumbrado a hablar a agentes uniformados y menos o nada a la opinión pública a través de los medios de comunicación. Poner a este señor, desprovisto de su uniforme, ante los periodistas ha sido un error de Manual, que ha multiplicado por cien el efecto político y mediático de la actuación policial. Se lo tiene merecido la Delegada del Gobierno en Valencia, que puso a dar la cara al Jefe de Policía para que no se la partieran (mediáticamente hablando, por favor) a ella, que es la responsable de una actuación policial que no fue ni proporcional, ni congruente ni necesaria.

Error sobre error del Gobierno, que se suman a las declaraciones de la Delegada del Gobierno en Madrid, advirtiendo que el ministro Rubalcaba  no cumplía la ley y ella sí lo hará impidiendo (a porrazos, se entiende) nuevas concentraciones en Sol. Errores de comunicación que han dejado ver, posiblemente mucho antes de lo que pretendía el Ejecutivo, la decisión del Gobierno de meter al país en cintura y que acepte sin rechistar la política de recortes. Se han lucido.

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