Enrique Cervera

Pues sí, otro blog de Comunicación

Las medallas y las andadas

Artículo publicado en  www.andalucesdiario.es el 9 de septiembre 2013

Saúl Cravioto, medallista olímpico español, no cobra su beca ADO desde enero de este año. Por no tener, no tiene quien le pague el traslado de su piragua a las aguas donde debe entrenar. Su caso no es sólo excepcional, sino el común entre los deportistas de élite españoles, salvo que jueguen en los deportes, como el fútbol, el baloncesto o el tenis, alrededor de los cuales se mueven ingentes cantidades de dinero, y que son los que hemos exhibido en Buenos Aires, pugnando por la designación Olímpica de Madrid.

Sin embargo, hemos oído hasta la saciedad que nada más ni nada mejor se podía hacer en defensa de esa candidatura.

No voy a hablarles del COI. Carezco de un rolex en mi muñeca y de un yate en la Costa Azul, carezco de apellidos largos (siete letras cada uno no está mal, pero si no hay un guioncito por medio eres un nadie en eso de la buena cuna), así que carezco de los atributos más característicos del glorioso y abnegado cuerpo de electores olímpicos.

Tampoco voy a hablarles del deporte base. Ni siquiera de que hay miles y miles de jóvenes atletas, que algún día podrían ser medallistas e hincharnos de orgullo patrio mientras asciende la banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda, que se ven obligados a abandonar la práctica deportiva porque las ayudas públicas a los clubes de base han desaparecido dramáticamente, y las empresas patrocinadoras son víctimas de la política de suicidio económico que aquí llamamos eufemística (y ya creo que repulsivamente) la necesariaconsolidaciónfiscal.

Ni siquiera voy a hablarles de cuántas becas ADO o cuántas ayudas a pequeños clubes podrían haberse sufragado con el coste de los 150 delegados españoles que el pasado sábado, siete de septiembre de 2013, deambulaban por un lujoso hotel porteño, con los ojos enrojecidos creyéndose, de verdad, que nada más y nada mejor podría haber hecho España para lograr esa designación. Como si fuera un banco español, no doy crédito. No doy crédito de que incluso pensaran que nada mejor podría hacerse después de la mamarrachada de Mrs. Bottle hablando en inglés (perdóneseme la metáfora) de las maravillas de tomar un café con leche in the Plaza Mayor. De repente hemos vuelto a la España de English Spoken y My Taylor is Rich.

Oh, my God.

Lo más preocupante no es que a Madrid no le concedan una candidatura olímpica, mucho más compitiendo con ciudades como Tokio, capital de un país de gran influencia y cuyo presupuesto era 65 veces mayor. Ni siquiera que la denieguen por tercera vez pues eso es lo natural cuando uno presenta una y otra vez el mismo proyecto, cada vez más envejecido.Es como si yo creyera que Scarlett va a volver a cenar conmigo (sí, han leído bien, aunque no sea alcalde puedo decir bobadas) sólo porque yo le insista una y otra vez…

No, lo preocupante es el salto atrás en autoestima y en sentido común que hemos dado lo españoles en los últimos años. La crisis nos ha castigado la moral de tal manera que desde el otro lado del Atlántico llegaba anoche a nuestros hogares, a través de la radio y la televisión, un quejío y un lamento que nos devolvía a esa España acomplejada, a esa España de cerrado y sacristía, que creíamos haber dejado atrás. Esa España del nos odian porque somos los mejores. Esa Spain is different.

El “nada más ni mejor podríamos hacer” dio paso al “no nos echan cuenta”, “gran injusticia”, “incomprensible” y “desprecio”. Faltó la conjura judeomasónica, que si a nosotros nos honra a ellos les envilece (para los jovencit@s, les recomiendo Saint Goggle).

Nada mejor podíamos hacer. Vaya.

Ni siquiera ahorrarnos la imagen de la alcaldesa de la capital, hablando muy despacito, abriendo mucho la boca, como en el chiste de los dos españoles que se encuentran en Londres.

Nada mejor que hacer: ni siquiera que el vibrante speech (discurso, n. del t. para Mrs. Bottle) del Sr. Rajoy, que esta vez no compareció en plasma o en 1 de agosto arrastrado por el Financial Times.

Nada mejor que hacer: ni siquiera que nuestros medallistas olímpicos no tengan que estar viviendo de sus padres. Nada mejor que hacer: ni siquiera que clubes de éxito en balonmano o en ciclismo desaparezcan por falta de recursos. Nada mejor que hacer: ni siquiera que el cuñado del Príncipe de Asturias aparezca cada dos por tres en la prensa internacional por beneficiarse de su cargo y vivir en un palacete mientras a sus compatriotas los desahucian de sus modestas viviendas.

Nada mejor que hacer: ni siquiera ser un país limpio, donde losbanqueros no se jubilen con decenas de millones de euros de indemnización, donde la corrupción no anide en los despachos oficiales, donde no sólo se la persiga cuando hace daño al rival político, donde los responsables públicos no sufran lagunas de memoria y vuelvan a su casa en el mismo coche oficial, donde el principal éxito de los jueces no sea haber expulsado del cuerpo a quien osó perseguir los todavíaimpunes crímenes del franquismo.

Nada que mejorar. Ni siquiera hacer algo para rebajar la escandalosa cifra de parados, la mayoría ya sin ayuda, una auténtica bomba de relojería en la estabilidad social de nuestro país, que veremos cómo está a este ritmo cuando llegue el jodido 2020.

No. Nada podríamos haber hecho mejor.

No, es que nos tienen manía.

Vuelta a las andadas…

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La Cosa

Artículo publicado en el diario digital uruguayo www.180.com.uy.

En España, a la crisis económica hace ya tiempo que le sobra el apellido. La crisis, así sin más, se extiende como un río de lava por cada rincón del país y a donde no llega la abrasión del paro lo hace la asfixia del colapso empresarial o la humareda insoportable del desánimo. En ciertos bares del sur desde el que les escribo, algunos sortean la maldición de la palabra con un cartel, entre resignado y burlón: “Prohibido hablar de lo mala que está la cosa” o simplemente “Prohibido hablar de la cosa”, que recuerda aquel tradicional “Se prohíbe el cante”, al que tan dado eran determinados clientes cuando el vino ascendía a la cabeza.

Sí: la cosa, ese eufemismo polisémico que lo mismo vale para un monstruo de los cómics, que para un monstruo de verdad, como éste que asusta y golpea desde la mañana a la noche a la sociedad española. Los ciudadanos asisten atónitos a una marcha atrás imparable, un camino de retorno a la España en blanco y negro que pensaban haber dejado atrás con la llegada de la democracia.

La democracia. Arrastrada por la cosa, digo por la crisis, la democracia que tanto trabajo costó levantar aparenta diluirse como un azucarillo y cada día son más, muchos más, los que parecen carecer de fuerzas para creer en ella. La cosa, la crisis, desarboló al anterior Gobierno, el socialista de Zapatero, en cuanto comenzó a tomar medidas sometido al dictado de los mercados. Rajoy, oportunista él, se resarció de sus dos derrotas anteriores logrando una mayoría absoluta a lomos de la misma cosa, la crisis, que ahora le ha descabalgado y le arrastra por un lodazal de manifestaciones y cabreo ciudadano, conduciéndole al mismo calabozo del descrédito que su antecesor, sólo que a una velocidad terrible y vertiginosa. En un alarde de impotencia, el presidente español, que en el pecado lleva la penitencia, tan sólo acierta a decir que la realidad es la que le ha impedido cumplir su programa electoral. La realidad, ah, sí, ese pequeño detalle con el que al parecer no contaba.

Al amparo de la cosa, agazapada en las sombras del desencanto ciudadano, la número dos del partido en el Gobierno, el PP, y presidenta de la región de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, ha adoptado una medida dirigida a estimular los sentimientos más bajos de la ciudadanía, a erizar de barricadas populistas el camino de la democracia. A muchos, sin embargo, les habrá parecido estupendo que suprima de un plumazo el sueldo de los parlamentarios de la región que ella misma preside. Acosados por la cosa, desplumado el colchón de solidaridad familiar gracias al que han venido sobreviviendo millones de ciudadanos en paro –cinco millones, se dice pronto, casi el 25% de la población activa española–, desesperados por la falta de expectativas, buena parte de la opinión pública ha acogido con agrado lo que considera el fin de un privilegio de la mal llamada clase política. De Cospedal ha argumentado que hay que demostrar a los ciudadanos que en política se está por amor a la patria y por vocación de servicio. Como ella, se entiende.

Aunque para ser justos hay que recordar que otros presidentes regionales conservadores, como los de Extremadura y Galicia, se han desmarcado de la medida, lo cierto es que De Cospedal no es cualquiera, sino la secretaria general del partido del Gobierno, la persona con más mando en la organización después del presidente Rajoy que en este caso, como en tantísimos otros, guarda un silencio, no se sabe si piadoso o simplemente cómplice (o ambos). Para muchos desempleados tal vez sea un alivio que algunos políticos –precisamente los que tienen que ejercer el control democrático a la Sra. De Cospedal— se vean privados de un sueldo y sufran como sufren ellos, y sufran como sufren las madres a las que en los colegios les han empezado a cobrar por llevar su propia comida en un ‘tupper’ para sus hijos.

En España, la inmensa mayoría de los políticos, por ejemplo los miles y miles de concejales de municipios pequeños o medianos, no cobran un euro por sus tareas públicas. Otros sí, como los que desempeñan cargos de parlamentarios en las Cámaras regionales, apenas 1.250 para un país de 48 millones de habitantes. Privarles de un sueldo no resuelve nada desde un punto de vista económico pero significa expulsar de la política a quienes carezcan de un elevado patrimonio o a quienes se resistan a aceptar dinero de quien pueda dárselo, pues no cabe duda de que a partir de ahora muchos grupos de presión –da igual si el pelaje es político, económico o religioso— se ofrecerán a los diputados para resolver el problema que sin ninguna duda se les plantea al exigírseles que hagan política en sus horas libres o vivan del aire si quieren dedicarse a lo público.

El descrédito de la política en España no ha nacido a la sombra de la crisis. Por el contrario, hunde sus raíces en la convulsa historia de ese país (Franco solía decirle ¡a sus ministros! que no se metieran en política) y se ha acrecentado con los múltiples casos de corrupción y con la descapitalización intelectual galopante de lo que deberían ser las élites políticas y que en muchos casos ya no son más que castas que se desenvuelven en lo público con una tosquedad impresionante. No es que sólo prime la sumisión al jefe como camino de ascensión y mantenimiento en la política, es que los propios jefes carecen en su gran mayoría de las dotes mínimas para el ejercicio de un auténtico liderazgo, más necesario que nunca ante una situación tan grave como la que se vive en la actualidad.

Nadie en España parece tomarse en serio la necesidad de fortalecer la credibilidad del sistema democrático. Antes al contrario, se adoptan medidas como la supresión de sueldos de los políticos, que no es más que un apunte para la supresión de la política democrática y para el surgimiento del populismo. Lo veremos. Y eso sí que será una mala cosa.

http://www.180.com.uy/articulo/29159_La-Cosa

 

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Lo que la crisis te dio, la crisis te lo quitó

He recordado estos días mi corta pero nada agradable experiencia con los temblores de tierra. Yo las he vivido pocas veces, a Dios y a las capas tectónicas gracias. La vez que mejor recuerdo fue hace años en México DF junto a mi querida y admirada amiga Nino, jefa de protocolo de la Junta de Andalucía (y la mujer que con más estilo he visto pedir scotch con agua de seltz) y el desaparecido y añorado Juan Escámez. Sometidos a tal trance, así nos sucedió a nosotros, quienes lo padecen suelen quedarse quietos, agarrados a menudo a la mesa, al vaso del que iban a beber o a la silla en la que estaban sentados y generalmente atentos rumor que sigue al movimiento telúrico: una lámpara que aún se bambolea, un ficus que cimbrea, una tos tan falsa como nerviosa. Son sólo segundos, al poco todo pasa. Pero ya nada es igual y hay que salir fuera a ver qué tal ha quedado todo.

Los resultados de las elecciones andaluzas han debido llegar a los despachos de Madrid como un temblor inesperado y atemorizador. Un temblor suavito, muy del Sur, que hecho temblar los cimientos del Catálogo de Presunciones en el que se asienta (¿o mejor decir se asentaba?) la situación política española. Veamos algunas pocas, por si arrojara algo de luz.

Presunción Primera: España es azul. Nanay: Rajoy, con todo a favor, sacó el 20-N casi medio millón de votos menos que ZP (¿recuerdan?) en 2008. Eso quiere decir que su fortaleza política tenía más que ver con la debilidad del contrario que con otra cosa. Cuanto tu futuro depende de que el de enfrente siga equivocándose, estás en peligro.

Presunción Segunda: España se parece a sus medios de comunicación. Como dice mi hijo: ni de co. El mapa mediático español es el que es y hay que respetarlo, igual que la línea editorial de cada cual, pero quien se crea la ecuación opinión pública-opinión publicada= 0, yerra de medio a medio, pues la ausencia (con contadísimas excepciones) de medios que ven la política y la vida desde una perspectiva de centro izquierda distorsiona el panorama. Aunque es natural que nadie lo reconozca, este panorama tiene mucho que ver (no digo todo) con los “errores” en las encuestas, muchas veces más destinadas no a reflejar sino a condicionar a la opinión pública (no, no creo en los gnomos).

Presunción Tercera: el electorado del PSOE es mucho más crítico que el del PP. Sólo hasta cierto punto: es posible que el núcleo duro e inamovible del electorado conservador (el llamado suelo) sea más amplio que el del PSOE, pero esa fidelidad de voto se diluye entre los electores que no siempre votan PP y prefieren oscilar según vaya la cosa. El PP ganó muchos votos el 20-N culpando de todos los males a ZP y anunciando que con un Gobiernocomodiosmanda todo mejoraría. Tal vez funcionara ante un electorado espantado por los cinco millones de parados, pero es un argumento demasiado tosco como para que no se volviera en contra a las primeras de cambio. Es lo que ha sucedido: lo que la crisis te dio, la crisis te lo quitó.

Presunción Cuarta: el electorado apoya los recortes. Desconozco la regla de tres política que ha hecho olvidar al PP el hecho de que ZP sería malo malísimo para España, pero no comenzó a perder la confianza de los españoles hasta que se lanzó, con la fe de los conversos, a defender y a ejecutar la política de recortes impuesta por Merkel. Rajoy es presidente no porque sea un magnífico candidato (de ser así, se sabría, y en todo caso habría ganado en 2004 o 2008) sino porque ZP giró su Gobierno (y a su partido) contra su base social e hizo encallar la nave. ¿De dónde han sacado la idea de que el electorado iba a aplaudirle a Rajoy lo que le reprochó a Zapatero? Aun así, Arenas se dedicó a pasear a Fátima Báñez y a Cristóbal Montoro como grandes referentes. Entiendo que los hiciera salir al balcón de la calle San Fernando, qué menos en reconocimiento a su aportación al histórico triunfo (de unas décimas cuando se escrute el voto exterior, al tiempo).

Presunción Quinta: el electorado andaluz por fin se ha dado cuenta de que durante 30 años el PSOE les ha estado timando. Es el ‘adiós al Régimen’ (y dale). Naturalmente que en un partido que gobierna durante 30 años se desarrollan determinadas prácticas clientelares, salpicadas, como en el caso de los Ere, de repulsivos casos de corrupción. Pero en uno que gobierna 20 (como el PP en la Comunidad de Madrid o Valencia), también. Lo que sucede es que los electores suelen hacer un juicio más ponderado, valoran muchos más honestamente cómo les han ido las cosas (especialmente en su día a día: las relaciones con la Administración, la salud, la educación, las infraestructuras) y rechazan generalmente el maniqueísmo en el que caen los partidos. Y si malo es caer en este maniqueísmo discursivo, peor es interiorizarlo y creérselo.

Presunción Sexta: Andalucía es lo que Madrid cree que es. Anda ya. El insultómetro de estos dos días revela, por si hiciera falta, la verdadera concepción de Andalucía que anida en buena parte de la derecha española (y lamentablemente andaluza). No nos engañemos: si no pensaran así , no estaríamos asistiendo a este bochorno de descalificaciones y de mala educación (ahí tendría tajada el Ministro Wert, dónde andará, se le echa de menos). Tampoco sucedería así si imaginaran el daño que esa actitud históricamente ha hecho al PP de Andalucía, al que buena parte del electorado andaluz, con razón o sin ella pero sin que el PP haga nada por evitarlo, identifica con esa caverna mediática.

Ah, y luego vienen las réplicas.

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El juego del carácter

Se le atribuye a Heráclito (aunque igual fue su cuñada, vayamos a saber) la frase de que el carácter es el destino. Creo firmemente en ella (en la frase, no en la hipotética cuñada acuñadora de frases célebres) y pienso que las más de las veces quienes nos dedicamos a la comunicación –y más específicamente a la comunicación política–, prescindimos de este pequeño detalle, el carácter de las personas, siendo, como es, tan decisivo y clave para entender lo que sucede.

El carácter, por ejemplo, es clave para entender lo que podríamos llamar el fulgor y caída de Zapatero. Es verdad que ZP ascendió desde diputado raso de León a secretario general del PSOE, aparentemente contra pronóstico. Y ganó las elecciones generales de 2004 cuando todos los altos cargos del PP habían abandonado sus despachos oficiales con un alegre y confiado “hasta el lunes”. Menudo lunes. En menos de cuatro años, ZP pasó de no ser nadie a ganar unas elecciones. Y en menos de cuatro años, los que van desde marzo de 2008, cuando rozó la mayoría absoluta con 169 escaños, a noviembre de 2011, pasó del éxito incontestable al desprestigio político más evidente, lo que llevó a su partido prácticamente a esconderlo en la última campaña electoral (resultándome difícil, la verdad, discernir si era peor el remedio que la enfermedad). La crisis, sí, la crisis ahora y en el 2000 Bono que no acababa de gustar a nadie (tal vez ni a sí mismo y de ahí algunos cambios en su fisonomía), y la gestión del 11-M en 2004, y un Rajoy abúlico en 2008… sí, las circunstancias, claro, pero también el carácter de ZP, que nos ayuda a comprender los dientes de sierra de su trayectoria.

El carácter es lo que hizo a ZP jugársela doble o nada en 2000, apostando por sí mismo como secretario general en vez de confiar sus posibilidades de victoria a promesas de difícil cumplimiento por estar basadas en un liderazgo más formal que real (aspecto este último clave en la reciente derrota de Chacón más allá de un discurso impostado, también hablaremos de esto). Su carácter le hizo ganar en 2004 porque la gestión alevosa del 11-M que hizo el Gobierno de Aznar (que es el que empotró a Rajoy en la oposición, no se le olvide mientras hace abdominales) no hubiera conducido a una victoria socialista de no haber mediado previamente la apuesta antibelicista y sin ambages de ZP con el ‘No a la guerra’, aquella pancarta que tanto ofendía a la derecha e inquietaba a la intelligentsia del PSOE, entonces aún anclada mental y afectivamente en la brillante, pero ya acabada, etapa felipista. Sí, el carácter de Zapatero le hizo apostar por derechos sociales rompedores (de viejos dogmas) y ganar brillantemente las elecciones de 2008.

Fue el carácter de Zapatero (y desde luego no sus dotes estratégicas en materia de medios de comunicación, ámbito en el que cambió, encabritándolo además, a un pura sangre por una bicicleta) lo que le hizo triunfar en política. Su carácter explica la vertiginosidad de su éxito… y la de su fracaso. Su carácter le hizo elegir mal, a veces rematadamente mal, a buena parte de su equipo, dentro y fuera del Gobierno. A abducir al Partido Socialista como había hecho (y bien caro que le costó) Felipe González en su momento, eliminando un contrapeso tal vez molesto pero sencillamente imprescindible para la sostenibilidad de un proyecto político socialdemócrata e impidiendo, o dejando que otros impidieran, que hubiera libertad en la propia comisión ejecutiva federal del PSOE (lo acaba de reconocer Elena Valenciano, con una sinceridad encomiable y que dice mucho, por cierto, de su carácter).

El carácter de Zapatero, intuitivo, valiente, seguro de sí mismo (tal vez demasiado seguro de sí mismo) le llevó también a actuar con determinación en su propio suicidio político, dirigiendo  la nave del PSOE hacia los acantilados del enfrentamiento con su base social y asumiendo de sopetón un discurso absolutamente irreconocible para quienes le habían votado.

Sí, sin duda que él carácter de ZP explica por sí mismo buena parte de lo que ha sucedido en la política española en la última década y nos ayuda a comprender lo mejor lo que ha pasado.

Y ahora les propongo un juego: miren a Mariano Rajoy, hoy mismo triunfador incontestable del congreso del PP celebrado en Sevilla. Deténganse un minuto en pensar en su carácter, en lo que les sugiere, y luego traten de imaginar cómo va a evolucionar su carrera política y cómo terminará, cuando lo haga. Y el que sonría, ya tiene una pista.

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Ocho de treinta

Hoy comienza en Sevilla el Congreso nacional del PP. Recuerdo que estuve como periodista en el de 1991 y me hice amiguete de uno, con nombre de portero de fútbol, que pagaba mis copas y lo entendí enseguida: al poco se hizo famoso con el caso Naseiro.

Ahora es distinto: todos son parabienes y es natural. 2011 ha sido un año de grandes triunfos electorales, en mayo y noviembre, y se encuentran a un paso de lograr lonuncavisto, el poder en Andalucía (un paso que aun no ha dado: un descuido le cuesta la vida al artista). El congreso se celebra, pues, en el comienzo de la segunda etapa de la derecha en el poder en España. El PP ahora está muy fuerte. Pero, ¿está tan fuerte como parece, rodeado de tanto oropel mediático, financiero y hasta purpurado? Veamos.

Algunos tienen la tentación de explicarse esta situación reprochando a los ciudadanos un supuesto giro a la derecha, lo cual es una manera de echarle la culpa al empedrado. Si tal giro se hubiera producido, en todo caso sería responsabilidad de una izquierda que no ha sabido presentar un discurso creíble y no de unos ciudadanos egoistones y acomodaticios que ya no quieren votar al PSOE. Pero todos sabemos la verdad: que estos señores (y señoras) del PP que hoy se reúnen en Sevilla han ganado las elecciones con casi medio millón de votos menos que los que obtuvo ZP no hace ni cuatro años. Así que digamos las cosas como son: aunque el PP saque pecho no está tan fuerte como débil está la izquierda transformadora (que, como su propio nombre indica, es la que transforma cosas y no la que se pasa la vida quejándose de que no se transformen bastante).

Como todo en la vida, esto tiene su parte buena y su parte mala. La mala es que la primera transformación que exige una situación de estas características es la transformación de uno mismo, que es la más difícil, la más pavorosa, la que nos enfrenta a nuestros errores, a nuestros miedos y a nuestras limitaciones. También a las responsabilidades políticas de cada cual, que en este caso son tan grandes como abultada la derrota y el saco de errores cometido. Responsabilidades políticas que cuesta trabajo asumir y que, a lo que se ve, hay pánico a exigir.

La parte buena es que por mucho que sonrían hoy los del PP en su congreso de Sevilla –y motivos tienen, sin ninguna duda–, está esencialmente en la mano del PSOE que dentro de cuatro años las cosas hayan cambiado tanto como han cambiado en los cuatro años que han pasado desde que Aznar le volviera la cara al Rajoy biderrotado en el Congreso de Valencia.

Para que ello suceda –y claro que puede suceder: ¿acaso no es Rajoy presidente del Gobierno y es el mismo que hace tres años tenía que entrar en Génova por el garaje acosado por los suyos? ¡cosas veredes!—no valen subterfugios, ni echarle la culpa al empedrado ni decir comunicación cuando den realidad queremos decir sexo (¡digo política, que me he liado!).

El problema del PSOE en España (a lo de Andalucía hay que echarle de comer aparte, ya hablaremos) no es, contrariamente a lo que se dice a menudo, que no se haya sabido explicar lo que se hacía (fundamentalmente en política económica) sino que a partir del dichoso  mayo de 2010 se gobernó frontalmente contra la base social del PSOE, que le ha pasado factura en las urnas. Entre hacer lo que la Europa de los mercaderes imponía a España y colocar contra las cuerdas a un partido con más de 130 años de historia debió hallarse un punto políticamente intermedio que muchos en el Gobierno ni siquiera se molestaron en buscar (¿he hablado ya de la ministra Salgado?) y en el partido ni se atrevieron a pedir.

Esta es una de las reflexiones que con sinceridad tiene que compartir el PSOE con su base social, el centro izquierda, que es ampliamente mayoritario en España. Tan mayoritario que alguno de los que hoy con razón sonríen en el congreso del PP en Sevilla tal vez se esté preguntando, en su fuero interno, que cuánto tardarán esta vez los españoles en echarlos del Gobierno en el que, por algo será, sólo han estado 8 de los últimos 30 años de democracia.

 

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